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Anécdotas

En el año 1934, siendo Presidente Lázaro Cárdenas, implantó en los Colegios la enseñanza socialista, trayendo nueva lucha a más de las que ya se tenían y un nuevo elemento a la política sectaria de aquel Presidente.

Apenas supo la Rev. Madre Bonaventure las nuevas dificultades que se presentaban a la educación, se vino rápidamente a México, llegando primero a Monterrey; allí les dijo a las Hermanas:

—Ya le dije al Verbo Encarnado que si alguna de mis hijas entra a la cárcel, a to­das me las llevo inmediatamente.

La Madre Superiora contestó:

—Tenga la seguridad, Reverenda Madre, que ninguna de nosotras entrará a la cárcel, pues el Verbo Encarnado nos quiere en la brecha.

Cuando entró a la pieza en donde se tenía el Santísimo lloró amargamente, al ver que en un costurero se ocultaba al Rey de los Cielos y pensando que así estaría en to­das nuestras casas; pues la ley era terminante, abarcando Jardín de Niños, Primaria y Secundaria.

Indudablemente la Reverenda Madre pidió al Verbo Encarnado no se diera la ocasión de que a ninguna de las Hermanas la llevaran a la cárcel y su oración fue escucha­da, pues varias religiosas de otros Institutos fueron a la cárcel y aún a las Islas Marías y a las Hermanas solamente sustos les tocaron. ¡Cuántas gracias le debemos dar al Verbo Encarnado por la protección con que las guardó!


 

Sor Juana Cristina Rodríguez que dirigió este Colegio (1936-1942), nos dejó por escrito sus valiosos recuerdos llenos de anécdotas interesantes. Apuntaremos algunas cuantas para que nos ayuden a entender, un tanto, algo de aquellos tiempos aciagos en que podemos descubrir al mismo tiempo el heroísmo de las Hermanas al seguir ade­lante con la obra educativa de tantas niñas y jóvenes; así como el ansia de cultura cristiana y de formación espiritual que había en las familias, y cómo pasaban dificultades y se acomodaban a lo que se les podía ofrecer.

“Llegué a Monterrey el 13 de diciembre de 1936. La situación de nuestro querido Colegio era demasiado difícil. La Academia de la señorita Flores era la única que existía válidamente. Rentábamos algunas casitas aquí o allí, para el internado, y los grupos. Todo era un gran riesgo y peligro de ser descubiertas. En el año de 1937 nuestra situación era muy difícil. Pasábamos muchas pobrezas e incomodidades, pero así trabajamos todo el año; pudimos terminarlo solamente con la Academia y 6o. año. Para el año siguiente pensamos establecer todos los grupos de Primaria en casas particulares. La Divina Providencia que siempre nos ha protegido, nos facilitó varias casas aun cuando muy distantes unas de otras”.

Jaurías de Inspectores cardenistas se movían por todas partes persiguiendo escuelas clandestinas, cuyo único delito era educar. El grupo de 6o. año se quedó en la casa del internado. Esta casa se comunicaba con la que las Hermanas ocupaban y en la que vivía con ellas Jesús Eucaristía. No tardaron unos malos vecinos en denunciar al grupo, así que pronto se presentaron los Inspectores. Cuando la portera le llevó la noticia a la Madre Juana Cristina de que estaban los visitantes, se fue inmediatamente a decirle a Sor Ma. Antonieta Legorreta —que era la maestra del grupo— que saliera con las niñas por la casa de las Hermanas y se fuera a Catedral, pero que lo hiciera rápido y sin ruido.

En seguida se fue la Madre a atender a los señores, quienes dijeron:

—Somos Inspectores Escolares y por el movimiento que se ve en esta casa, nos parece que existe aquí una escuela clandestina.

La Madre con toda calma y precisión les dijo:

—Tienen ustedes mucha razón en creer eso, pero el movimiento de niñas que se ve, es porque yo tengo aquí un pequeño internado y las niñas salen a sus clases y regresan aquí.

Los inspectores preguntaron:
     —¿A qué escuela van sus internas?

—Van a la Academia de la señorita Flores, que está ubicada en la casa No. 2309 de la calle Hidalgo. (Siendo esto realmente verdad, pues allá iban algunas de sus internas.)

En ese momento llegaron las internas por sus velos, pues tocaba junta de Acción Católica en la Catedral. Entraron, saludaron cortésmente, tomaron sus velos con cautelosa prudencia y salieron despidiéndose.

La Madre se dirigió a los visitantes diciéndoles:

—Ven ustedes, señores, éstas son mis internas.

—Y ¿A dónde van?

—Yo no sé, ellas están libres hasta las 6 de la tarde, al llegar paso lista y nunca me falta ninguna; esto lo hago para hacerlas responsables de sus actos. Ahora señores, si ustedes gustan, pasen a ver la casa.

—No, señorita, muchas gracias, ya vimos que solamente hay hileras de camas.

—Sí, señores, realmente eso tenemos.

Pasó el primer susto y ellos se despidieron. Para evitar otro incidente, la Madre pensó que sería mejor poner el 6º año en donde estaba la Academia de Comercio; era una casa de dos pisos con salones suficientes, ahí era lo que llamaban la Academia de la señorita Flores. Realmente estaba bajo su cargo, ayudada de la señorita Adelaida Botello, quienes no aceptaron sueldo alguno mientras las Hermanas estuvieron en situa­ción precaria y difícil. El Verbo Encarnado les pagará grandemente su abnegación.

Se pasó el 6º año allí como se había pensado. Ya habían pasado un buen tiempo llenas de tranquilidad, parecía que los señores ya se habían olvidado de ellas, pero no fue así; un buen día llegaron los inspectores a la Academia. El 6º año era el cuerpo del delito, y también unos libros que les tenían guardados en su casa las señoritas Ló­pez Zambrano, y como se cambiaron de casa mandaron los libros, pero en lugar de enviarlos al internado lo hicieron a la Academia, dejándolos en el pasillo. No había tiempo que perder y entonces, las alumnas del 3er. año de Comercio ayudaron a qui­tarlos rápidamente, echándolos a un cesto grande que había en el baño. Entre tanto, la señorita Adelaida Botello cambiaba a las niñas de 6o. año con sus escritorios, intercalándolos entre los de los tres grupos de Comercio. La señorita Mercedes Flores entretuvo a los señores mientras se hacía todo el arreglo. Pasaron los Inspectores a ha­cer la visita, sin sospechar siquiera que lo que ellos buscaban allí estaba.

En la casa del señor Mario González estaba Sor Adela con el grupo de 5o. año. También allí se presentaron un día los Inspectores; el mismo señor González abrió la puerta. Cuando ellos dijeron el objeto de su visita, el señor González les dijo:

—En mi casa no hay escuela clandestina, yo contraté a una señorita para que les diera clase a mis hijas; y las amigas de mi esposa le pidieron les permitiera que sus hijas también vinieran, es un grupo pequeño y en todo caso, yo soy el res­ponsable y la señorita no tiene nada que ver con esto porque yo la solicité.

—De todos modos queremos ver el grupo.

Pasaron y vieron que realmente era un grupo pequeño, pero dijeron:

—Las niñas pueden salir, pero la maestra no.

Entonces salió la señora González y después de saludar dijo:

—Señores, ni mi esposo ni la señorita son culpables, yo fui la que permití que vinieran a tomar clases, con mis hijas, las hijas de mis amigas; pero si ustedes no quedan conformes, mi primo Diputado en México resolverá este asunto. Si gus­tan, esperen un poco, ahorita me comunico con él por teléfono y que hable con ustedes.

—No, señora, no necesita usted molestar a su primo, queda arreglado todo y la señorita puede salir cuando guste. — Y se despidieron.

Pero volvamos nuevamente a lo que Sor Juana Cristina nos apunta. “Hasta aquí solamente me he ocupado de referir días tristes en los que vimos palpablemente la mano de Dios y la protección del gran Patriarca San José; pero, ¿por qué no recordar los días buenos, que también abundaron en esos seis años? Sí, muchos fueron los días de gozo y de dulzura santas que el Señor nos concedió.

 

 



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